Desde mis binoculares se veía una masa de hielo herida por
el hombre. Me sorprendía poder ver el fin de la masa de hielo, jamás en los 20
años que había estado contemplando la tumba de frio lo había logrado. Nunca me había
sentido tan triste por la vida ajena. Vi al oriente a un oso polar, con su
pelaje como la nieve, sus fauces feroces llenas de tristeza y de hambre, a sus
cachorros flaqueando por culpa de nuestra causa. La madre salvaje se encontraba
sentada en un risco, en medio de un glaciar sin causa y condenada a la muerte
segura. El animal estaba desesperado escarbando desesperada, intentaba
conseguir una foca, unas nueces, un pedazo de ballena, un poco de comida para
sus cachorros desesperados. Su vista se volvio hacia los lentes que tenia en
mis ojos, parecía suplicar. Como suplican los inmigrantes hondureños y
salvadoreños en un tope en el suelo mexicano. Me pedía a gritos ayuda para
salvar del hambre a sus hijos osos, inertes de la pronta muerte. Sacudí la
conciencia e intente con todas mis fuerzas darles un poco de aliento, pues, eso
me había inculcado.
M.H
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